jueves, 6 de septiembre de 2012

La semana pasada fui al Congreso a hablar


La semana pasada fui al Congreso a hablar.

El gobierno quiere un nuevo Código Civil. El que tenemos ahora, escrito por Dalmacio Vélez Sársfield, en 1870, resistió todos estos años, y ningún jurista lo ha querido sacar. Se lo fue adaptando, claro, pero nadie se animó a sacarlo y poner uno nuevo. Ni Borda, ni Llambías, ni ningún otro Maestro.

Cristina sí.

En la secundaria me dijeron que había tres poderes: Ejecutivo, Legislativo y Judicial. El primero gobernaba, el segundo hacía leyes y el tercero impartía justicia para cada caso. En la facultad (primer año de Abogacía), aprendí que los jueces podían decir si una ley estaba bien o mal (si era “constitucional” o “inconstitucional”). Y que los jueces más grandes eran los de la Corte Suprema. Lo que ellos dijeran sería indiscutible.

La semana pasada fui a hablar al Congreso, porque quieren hacer un nuevo Código Civil, pero antes dicen que quieren escuchar a la sociedad, para que opine. Abrieron una lista de oradores, y Frente Joven solicitó hablar.

Nos dieron diez minutos. Mi amiga Inés preparó la disertación, y una semana antes, Sebastián se me acercó y me dijo:

—Mone, ¿te animás a hablar en el Congreso?
—Sí —le respondí sin pensarlo. Después se me ocurrió preguntar sobre qué.
—Es sobre la Reforma del Código Civil.

Y me puse muy contento, porque había que ir a hablar, porque alguien tenía que ir a hablar.

—¿Me van a preguntar algo? ¿O es leer nomás?
—Y… mirá. Vas a leerles a los diputados y senadores lo que preparamos. Seguro al terminar te preguntan algo, tenés que ir preparado.

Leer a diputados y senadores, uau. Este Sebastián es un rayado total. Me manda a leer una ponencia en el Congreso como si fuera ir a comprar leche al chino, así de fácil.

Fui al Congreso. Entré solo, por la entrada de Irigoyen.

—¿Señor? —me preguntó la gente de seguridad.
—Vengo porque tengo que hablar en una audiencia —dije yo, solemne, ceremonioso. Sabía que sería la única vez en la vida que diría esa frase, así que disfruté el momento.
—Ah, sí, por acá —me dijo el tipo. Claro, ese día habían pasado a hablar más de veinte personas. Lo que para mí era único, para él era una cosa más—. A la derecha las escaleras, después a la derecha de nuevo, y después en el pasillo a la izquierda hasta el fondo. Salón Azul.

Me había puesto mi corbata de la suerte. Me abroché los botones del saco. Llevaba la ponencia en mis manos, con un ganchito nomás, sin carpeta ni nada. Toda subrayada y con anotaciones.

—Martín Monedero —le dije a la gente de la mesa de entradas.
—¿Frente Joven? —me preguntó la mujer. Qué lindo fue escuchar eso.
—Sí.
—Bueno, pase.

Y entré al Salón Azul.

Mi primera decepción fue la cantidad de sillas vacías. Casi dos tercios, vacías. Vi a la Diputada Conti en la mesa que presidía la sesión. ¡Cuánto odio que expresa! Recorrí las caras de la gente sentada, y no reconocí a ningún otro político. Debe haber legisladores que no les sé la cara, pensé.

—Disculpame —le dije a una chica que sostenía una cámara—, ¿sabés dónde están los legisladores?

La chica me sonrió, como diciendo qué incrédulo.

—Acá hay dos nomás. Conti ahí en la mesa, y Filmus en primera fila.
Daniel Filmus en primera fila.
—¿Y el resto?
—No están.
—¿Pero esto no es una audiencia para escuchar a la sociedad? ¿Cómo hacen para escuchar a la sociedad si no están cuando la sociedad habla?

Nueva sonrisa cínica.

—Lo pueden seguir desde sus despachos, por tele —me dijo, como resignada.

Se notaba que la gente sentada era, en su mayoría, gente que iba a apoyar a la persona que daba su ponencia. Terminaba la ponencia la representante de los indígenas, y todos los indígenas se levantaban y se iban. Terminaba su ponencia el abogado comercial, y sus colegas se iban. En fin, la sociedad escuchándose a sí misma. Del gobierno, Conti nomás, que más que escuchar miraba mal. A todos.

Llegó la muchachada de Frente Joven, a apoyarme. Qué grandes los pibes. Se escaparon de la facultad, del laburo, de sus compromisos, para venir a escucharme, diez minutos. No por escucharme a mí, sino porque yo hablaba por Frente Joven. Qué lindo que es esto de la militancia.

—Martín Monedero, por Frente Joven —dijo un burócrata por micrófono.

Y pasé a hablar.

Apenas empecé, Filmus se levantó y se fue. O sea, quedó Frente Joven, Diana Conti, y algún otro.

Antes de leer, me saqué las ganas de decirle la decepción que significaban ellos para todos nosotros. La decepción que es saber que quieren hacer un nuevo Código Civil en el que se convierte a los embriones en cosas, en el que los argentinos concebidos artificialmente pasarán a ser congelados, manipulados, comprados, vendidos, en el que los vientres serán alquilados. Qué decepción que el proyecto fracture una tradición inmemorial del derecho civil argentino, que sostuvo siempre al matrimonio como una institución civil importante, y ahora pase a ser un papelito sin importancia, que se firma ya previendo qué muebles se va a quedar cada uno si nos divorciamos, que se rompe con la mera intención de romperlo por parte de un cónyuge (divorcio exprés). Qué decepción que el proyecto lo presente la Presidente de la Nación, lo haya escrito el Presidente de la Corte, y se presente en un Congreso en donde en ambas cámaras el oficialismo tiene mayoría automática.

Mientras decía todo eso miraba las sillas vacías. ¡Era obvio que no iba a venir nadie! Si justamente lo que no les interesa es discutir. Quieren fingir que proponen, fingir que discuten, fingir que escuchan, cuando en realidad imponen, gritan, aturden.

Eso sí, a los diez minutos el burócrata me interrumpió con un “¡Concluya!”.

Al terminar, no hubo preguntas. Claro que no, no les interesa preguntar. Por poco el burócrata grita “¡Siguiente!” cuando me bajé del atril. Así de horrendo, así de cínico fue ese “día de audiencias” en el que se “escuchaba a la sociedad”.

Nos fuimos del Salón y nos sacamos fotos con los chicos, festejando la ponencia. Vino gente a felicitarnos por nuestro testimonio, por lo juvenil de lo nuestro, por nuestra claridad.

Y yo miraba las cortinas del Congreso, los pasillos, miraba toda esa historia, y pensaba: qué mentiras, qué mentira que es todo. Qué sucios que son estos tipos, qué ganas de mandarlos todos al cuerno y colgar los botines.

Pero me acordé de Frente Joven. Y me fui contento, porque tengo amigos con ideales. ¿Qué sentido tiene la vida sin ideales?


Martín Monedero
Frente Joven Buenos Aires

(nota original publicada en Revista Virtual Fin, de El Aleph.com: http://fin.elaleph.com/articulos/una-visita-al-salon-de-la-indiferencia)

1 comentario:

  1. La verdad que mi solidaridad y apoyo a toda la obra maravillosa de Frente Joven.Soy un joven politologo platense que espera que algun dia se organice unaa filial de ustedes en mi ciudad:Una verguenza nuestros congresistas nada les importa solo el dinero que cobran y la silla que ocupan,algun dia tendremos allgo mejor.Se que con gente como ustedes y tantos otros el furturo de nuestro pais esta a salvo...

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